Algo que no conviene perder nunca. Pero esta vez no es eso a lo que me refiero en estas líneas. Hablo ahora de una zona de este país a la que siempre profeso autentica devocion. Por su estampa, su gente, su climatología y su gastronomía. Cualquier parte de la costa cantábrica me enternece, aun solo con mirar sus alrededores. Montañas verdes a cuyas faldas siguen pastando los animales, los que ya no vemos y disfrutamos en las capitales grandes, pensando que por ello no existen salvo cuando lo vemos en un plato de comida troceado y aderezado de mil formas. Y un poco mas alejado, el mar azul.Ese mar oscuro y bravío que hace zozobrar embarcaciones de gran tonelaje cuando el cielo se lo propone. Un mar que casi siempre anda alborotado por sus corrientes y que impresiona desde lo alto de sus acantilados. Y me gusta, vaya si me gusta. Podría decirse que me encuentro en mi propia tierra, aunque no sea de aquí. O es que no soy de ningún sitio en concreto y de todos al mismo tiempo. Los que hemos visto la luz por primera vez en la capital no somos de ninguna zona. Y de todas, sin embargo. Pero algo tiene esta parte que me atrae más que otras. Un encanto melancólico que me conmueve por dentro. No me imagino en invierno cómo puede llegar a ser esto, pero seguro que impresiona hasta límites insospechados. Los pueblos marineros y los de montaña también, todos ellos dejan una imagen en mi retina, imposible de borrar y que los meses venideros, envueltos en la vorágine cosmopolita harán que vuelva a desear estar aquí. Un placer. Un auténtico placer para los sentidos.

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