Desde pequeño ya devoraba los libros de Richard Bach, padre de Juan Salvador Gaviota y piloto freelance, cuyas aventuras a bordo de un biplano me trasladaban a un mundo idílico en el que predominaban las verdes praderas de Illinois y la libertad que el vuelo proporciona a sus entusiastas.
Desde entonces siempre he esperado la primera ocasión de levantarme del suelo y ver la tierra desde otra perspectiva. Y desde la primera vez siempre he sido un fanático de tan moderno medio de transporte. De hecho más de un viajecito hemos hecho con los puntos regalo otorgados como premio a la fidelidad de buen cliente. Muchas horas de vuelo a las espaldas, pero como pasajero, claro está y muchas horas de disfrute desde las alturas. Hasta algún que otro tambaleo preocupante y algún aterrizaje cual hoja de árbol cayendo a merced del viento. Pero con todo, volar es para mí una gozada, una satisfacción más que placentera.
Hace unos años que con motivo de la competencia ferroviaria he dejado de utilizar el habitáculo alado para los desplazamientos, si bien, el ave que no levanta el vuelo aún no llega a todos los puntos del país.
Por tanto, hace unas semanas tuve que volver a sumar puntos en la tarjeta de turno y desplazarme a Santiago de Compostela.
La aventura comenzó a primera hora de la mañana en la terminal más grande de entre las grandes. Desde los desgraciados atentados del 11-S todos los países han incrementado las medidas de seguridad en sus aeropuertos por miedo a que se repita la masacre. Hemos pasado, ¿por nuestra seguridad? de ser clientes a ser sospechosos de terrorismo.
Y claro, toda medida de seguridad implica perjuicios para los afectados.
Ya llegar a encontrar el control de acceso cuesta un poco al tener que recorrer la mitad de las instalaciones hasta alcanzar los escáneres de turno. Pero ¿OJO!, no crea nadie que va a pasar por debajo del arco así a la ligera como si fuera de paseo.... De eso nada, monada...
El día de marras yo sólo llevaba una bolsa de mano con los papeles del trabajo y una tablet para entretenimiento. Bien, pues pasar el escáner supuso que me descalzara y me pusiera unos plásticos resbaladizos en los pies, que vaciara casi al completo la bolsa de mano, que sacara de mis bolsillos todo objeto metálico o susceptible de pitido y lo pusiera en una bandeja, junto con el cinturón que sujetaban mis pantalones. El empleado de turno, no contento con ello, hizo que pusiera la tablet en una bandeja aparte, con lo cual al llegar al arco iba yo con 2 bandejas y la bolsa en las manos escurriéndome a punto de caer al suelo. O sea, como un cliente VIP, vamos.
Tras pasar el arco detector me afané en reconstruirme por completo y quedar como cuando entré en el aeropuerto pero muchísimo más cabreado, lógicamente.
Pasado el mal trago anterior, me esperaba el siguiente, que consistía en encontrar el panel informativo con la puerta de embarque y la hora entre todos los comercios que llenan los inútiles espacios de una terminal completamente ineficaz. Una vez había logrado averiguar en qué puerta debía situarme, me puse a hacer maratón por las instalaciones hasta alcanzarla en un tiempo record, ya que según los paneles el vuelo estaba embarcando....
Mi gozo en un pozo. Asfixiado de la carrera y del cabreo que llevaba contemplé cómo la puerta estaba vacía y nadie había empezado a subir a la aeronave. Aún hubo que esperar media horita de nada mirando al tendido y haciendo cola cada vez que se acercaba una azafata.
Llegó el momento de subir a bordo y la siguiente sorpresa se tropezó de bruces conmigo. Localicé mi asiento fácilmente, pero el problema era acceder a él debido a la estrechez entre las butacas. Evidentemente yo no soy muy grande, pero una vez que me acoplé con esfuerzo es cuando me dí cuenta que aquello no era muy normal.
La mesita plegada del asiento anterior estaba en mis narices, las piernas encogidas y los brazos embutidos para no molestar al vecino del asiento contiguo. Cuando empezó el manido discurso de la azafata es cuando me enteré que el vuelo estaba operado por nuestra compañía de bandera, pero en la versión Low Cost. O sea, las mismas aeronaves de siempre pero con un montón de asientos extras incorporados para que cupiesen más borregos y poder sacarle más partido al vuelo. Y digo bien y adrede lo de borregos porque es así como me sentí durante el trayecto. Como un cerdito en uno de esos camiones que van al matadero sin que los animalitos lo intuyan. Apretado y encogido durante una hora que debería haber sido placentera y que se convirtió en un suplicio. Loquito por desembarcar cuanto antes y volver a recomponer de nuevo y por segunda vez mi figura.
Eso sí, puntualidad suiza... Total, se añaden 20 minutos más a la duración prevista del vuelo y así es fácil presumir de haber llegado antes de la hora y salir mejor valorado en las auditorias. Un truco más viejo que el diablo y que no palía en absoluto las penurias sufridas antes y durante el recorrido.
Una vergüenza en toda regla mal disfrazada de buen servicio.... Hay que ver cómo cambian las compañías cuando ven que el negocio deja de ser rentable por culpa de otras AVES. Y por supuesto, de Low Cost nada de nada...
Viaje con nosotros ...a mil y un lugar...decían los de la Mondragón..... Pues eso, a volar.....pero en AVE, por favor.

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